carta de JUAN PABLO II A las familias


El gran misterio

19. San Pablo sintetiza el tema de la vida familiar con la expresión: "gran misterio" (cf. Ef 5, 32). Lo que escribe en la carta a los Efesios sobre el "gran misterio", aunque está basado en el libro del Génesis y en toda la tradición del Antiguo Testamento, presenta, sin embargo, un planteamiento nuevo, que se desarrollará posteriormente en el magisterio de la Iglesia.

La Iglesia profesa que el matrimonio, como sacramento de la alianza de los esposos, es un "gran misterio", ya que en él se manifiesta el amor esponsal de Cristo por su Iglesia. Dice san Pablo: "Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra" (Ef 5, 25-26). El Apóstol se refiere aquí al bautismo, del cual trata ampliamente en la carta a los Romanos, presentándolo como participación en la muerte de Cristo para compartir su vida (cf. Rm 6, 3-4). En este sacramento el creyente nace como hombre nuevo, pues el bautismo tiene el poder de transmitir una vida nueva, la vida misma de Dios. El misterio de Dios-hombre se compendia, en cierto modo, en el acontecimiento bautismal: "Jesucristo nuestro Señor, Hijo de Dios —dirá más tarde san Ireneo, y con él varios Padres de la Iglesia de Oriente y de Occidente— se hizo hijo del hombre para que el hombre pudiera llegar a ser hijo de Dios"44.

El Esposo es, pues, el mismo Dios que se hizo hombre. En la antigua alianza, el Señor se presenta como el esposo de Israel, pueblo elegido: un esposo tierno y exigente, celoso y fiel. Todas las traiciones, deserciones e idolatrías de Israel, descritas de modo dramático y sugestivo por los profetas, no logran apagar el amor con que el Dios-esposo "ama hasta el extremo" (cf. Jn 13, 1).

Cristo, en la nueva alianza, consolida y lleva a cabo la comunión esponsal entre Dios y su pueblo. Cristo mismo nos asegura que el Esposo está con nosotros (cf. Mt 9, 15). Está con todos nosotros y está con la Iglesia. La Iglesia se convierte en esposa: esposa de Cristo. Esta esposa, de la que habla la carta a los Efesios, se hace presente en cada bautizado y es como una persona que se ofrece a la mirada de su esposo: "Amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para… presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada" (Ef 5, 25-27). El amor, con que el esposo "amó hasta el extremo" a la Iglesia, hace que ella se renueve siempre y sea santa en sus santos, aunque no deja de ser una Iglesia de pecadores. Incluso los pecadores, "los publicanos y las prostitutas", están llamados a la santidad, como afirma Cristo mismo en el evangelio (cf. Mt 21, 31). Todos están llamados a ser Iglesia gloriosa, santa e inmaculada. "Sed santos —dice el Señor— pues yo soy santo" (Lv 11, 44; cf. 1 P 1, 16).

Ésta es la más alta dimensión del "gran misterio", el significado interior del don sacramental en la Iglesia, el significado más profundo del bautismo y de la Eucaristía. Son los frutos del amor con que el Esposo ha amado hasta el extremo; amor que se difunde constantemente, concediendo a los hombres una creciente participación en la vida divina.

San Pablo, después de decir: "Maridos, amad a vuestras mujeres" (Ef 5, 25), con mayor fuerza aún añade a continuación: "Así deben amar los maridos a sus mujeres como a sus propios cuerpos. El que ama a su mujer se ama a sí mismo. Porque nadie aborreció jamás su propia carne; antes bien, la alimenta y la cuida con cariño, lo mismo que Cristo a la Iglesia, pues somos miembros de su Cuerpo" (Ef 5, 28-30). Y exhorta a los esposos: "Sed sumisos los unos a los otros en el temor de Cristo" (Ef 5, 21).

Éste es ciertamente un nuevo modo de presentar la verdad eterna sobre el matrimonio y la familia a la luz de la nueva alianza. Cristo la reveló en el evangelio, con su presencia en Caná de Galilea, con el sacrificio de la cruz y los sacramentos de su Iglesia. Así, los esposos tienen en Cristo un punto de referencia para su amor esponsal. Al hablar de Cristo esposo de la Iglesia, san Pablo se refiere de modo análogo al amor esponsal y alude al libro del Génesis: "Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y se harán una sola carne" (Gn 2, 24). Éste es el "gran misterio" del amor eterno ya presente antes en la creación, revelado en Cristo y confiado a la Iglesia. "Gran misterio es éste —repite el Apóstol—, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia" (Ef 5, 32). No se puede, pues, comprender a la Iglesia como cuerpo místico de Cristo, como signo de la alianza del hombre con Dios en Cristo, como sacramento universal de salvación, sin hacer referencia al "gran misterio", unido a la creación del hombre varón y mujer, y a su vocación para el amor conyugal, a la paternidad y a la maternidad. No existe el "gran misterio", que es la Iglesia y la humanidad en Cristo, sin el "gran misterio" expresado en el ser "una sola carne" (cf. Gn 2, 24; Ef 5, 31-32), es decir, en la realidad del matrimonio y de la familia.

La familia misma es el gran misterio de Dios. Como "iglesia doméstica", es la esposa de Cristo. La Iglesia universal, y dentro de ella cada Iglesia particular, se manifiesta más inmediatamente como esposa de Cristo en la "iglesia doméstica" y en el amor que se vive en ella: amor conyugal, amor paterno y materno, amor fraterno, amor de una comunidad de personas y de generaciones. ¿Acaso se puede imaginar el amor humano sin el esposo y sin el amor con que él amó primero hasta el extremo? Sólo si participan en este amor y en este "gran misterio" los esposos pueden amar "hasta el extremo": o se hacen partícipes del mismo, o bien no conocen verdaderamente lo que es el amor y la radicalidad de sus exigencias. Esto constituye indudablemente un grave peligro para ellos.

La enseñanza de la carta a los Efesios asombra por su profundidad y su fuerza ética. Mostrando el matrimonio, e indirectamente la familia, como el "gran misterio" referido a Cristo y a la Iglesia, el apóstol Pablo puede repetir una vez más lo que había dicho previamente a los maridos: "¡Que cada uno ame a su mujer como a sí mismo!" Y añade después: "¡Y la mujer, que respete al marido!" (Ef 5, 33). Respetuosa porque ama y sabe que es amada. En virtud de este amor los esposos se convierten en don recíproco. El amor incluye el reconocimiento de la dignidad personal del otro y de su irrepetible unicidad; en efecto, cada uno de ellos, como ser humano, ha sido elegido por sí mismo45, por parte de Dios, entre todas las criaturas de la tierra; sin embargo, cada uno, mediante un acto consciente y responsable, hace libremente una entrega de sí mismo al otro y a los hijos recibidos del Señor. San Pablo prosigue su exhortación refiriéndose significativamente al cuarto mandamiento: "Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor; porque esto es justo. "Honra a tu padre y a tu madre", tal es el primer mandamiento que lleva consigo una promesa: "Para que seas feliz y se prolongue tu vida sobre la tierra". Padres, no exasperéis a vuestros hijos, sino formadlos más bien mediante la instrucción y la corrección según el Señor" (Ef 6, 1-4). El Apóstol ve, pues, en el cuarto mandamiento el compromiso implícito del respeto recíproco entre marido y mujer, entre padres e hijos, reconociendo así en ello el principio de la cohesión familiar.

La admirable síntesis paulina a propósito del "gran misterio" se presenta como el resumen, la suma, en cierto sentido, de la enseñanza sobre Dios y sobre el hombre, llevada a cabo por Cristo. Por desgracia el pensamiento occidental, con el desarrollo del racionalismo moderno, se ha ido alejando de esta enseñanza. El filósofo que formuló el principio "Cogito, ergo sum": "Pienso, luego existo", ha marcado también la moderna concepción del hombre con el carácter dualista que la distingue. Es propio del racionalismo contraponer de modo radical en el hombre el espíritu al cuerpo y el cuerpo al espíritu. En cambio, el hombre es persona en la unidad de cuerpo y espíritu46. El cuerpo nunca puede reducirse a pura materia: es un cuerpo "espiritualizado", así como el espíritu está tan profundamente unido al cuerpo que se puede definir como un espíritu "corporeizado". La fuente más rica para el conocimiento del cuerpo es el Verbo hecho carne. Cristo revela el hombre al hombre 47. Esta afirmación del concilio Vaticano II es, en cierto sentido, la respuesta, esperada desde hacía mucho tiempo, que la Iglesia ha dado al racionalismo moderno.

Esta respuesta tiene una importancia fundamental para comprender la familia, especialmente en la perspectiva de la civilización actual, que, como se ha dicho, parece haber renunciado en tantos casos a ser una "civilización del amor". En la era moderna se ha progresado mucho en el conocimiento del mundo material y también de la psicología humana, pero respecto a su dimensión más íntima, la dimensión metafísica, el hombre de hoy es en gran parte un ser desconocido para sí mismo; por ello, podemos decir también que la familia es una realidad desconocida. Esto sucede cuando se aleja de aquel "gran misterio" del que habla el Apóstol.

La separación entre espíritu y cuerpo en el hombre ha tenido como consecuencia que se consolide la tendencia a tratar el cuerpo humano no según las categorías de su específica semejanza con Dios, sino según las de su semejanza con los demás cuerpos del mundo creado, utilizados por el hombre como instrumentos de su actividad para la producción de bienes de consumo. Pero todos pueden comprender inmediatamente cómo la aplicación de tales criterios al hombre conlleva enormes peligros. Cuando el cuerpo humano, considerado independientemente del espíritu y del pensamiento, es utilizado como un material al igual que el de los animales —esto sucede, por ejemplo, en las manipulaciones de embriones y fetos—, se camina inevitablemente hacia una terrible derrota ética.

En semejante perspectiva antropológica, la familia humana vive la experiencia de un nuevo maniqueísmo, en el cual el cuerpo y el espíritu son contrapuestos radicalmente entre sí: ni el cuerpo vive del espíritu, ni el espíritu vivifica el cuerpo. Así el hombre deja de vivir como persona y sujeto. No obstante las intenciones y declaraciones contrarias, se convierte exclusivamente en objeto. De este modo, por ejemplo, dicha civilización neomaniquea lleva a considerar la sexualidad humana más como terreno de manipulación y explotación, que como la realidad de aquel asombro originario que, en la mañana de la creación, movió a Adán a exclamar ante Eva: "Es hueso de mis huesos y carne de mi carne" (Gn 2, 23). Es el asombro que reflejan las palabras del Cantar de los cantares: "Me robaste el corazón, hermana mía, novia, me robaste el corazón con una mirada tuya" (Ct 4, 9). ¡Qué lejos están, ciertas concepciones modernas de comprender profundamente la masculinidad y la femineidad presentadas por la Revelación divina! Ésta nos lleva a descubrir en la sexualidad humana una riqueza de la persona, que encuentra su verdadera valoración en la familia y expresa también su vocación profunda en la virginidad y en el celibato por el reino de Dios.

El racionalismo moderno no soporta el misterio. No acepta el misterio del hombre, varón y mujer, ni quiere reconocer que la verdad plena sobre el hombre ha sido revelada en Jesucristo. Concretamente, no tolera el "gran misterio", anunciado en la carta a los Efesios, y lo combate de modo radical. Si, en un contexto de vago deísmo, descubre la posibilidad y hasta la necesidad de un Ser supremo divino, rechaza firmemente la noción de un Dios que se hace hombre para salvar al hombre. Para el racionalismo es impensable que Dios sea el Redentor, y menos que sea "el Esposo", fuente originaria y única del amor esponsal humano. El racionalismo interpreta la creación y el significado de la existencia humana de manera radicalmente diversa; pero si el hombre pierde la perspectiva de un Dios que lo ama y, mediante Cristo, lo llama a vivir en él y con él; si a la familia no se le da la posibilidad de participar en el "gran misterio", ¿qué queda sino la sola dimensión temporal de la vida? Queda la vida temporal como terreno de lucha por la existencia, de búsqueda afanosa de la ganancia, la económica ante todo.

El "gran misterio", el sacramento del amor y de la vida, que tiene su inicio en la creación y en la redención, y del cual esgarante Cristo-esposo, ha perdido en la mentalidad moderna sus raíces más profundas. Está amenazado en nosotros y a nuestro alrededor. Que el Año de la familia, celebrado en la Iglesia, se convierta para los esposos en una ocasión propicia para descubrirlo y afirmarlo con fuerza, valentía y entusiasmo.

La Madre del amor hermoso

20. La historia del "amor hermoso" comienza en la Anunciación, con aquellas admirables palabras que el ángel dirigió a María, llamada a ser la Madre del Hijo de Dios. De este modo, Aquel que es "Dios de Dios y Luz de Luz" se convierte en Hijo del hombre; María es su Madre, sin dejar de ser la Virgen que "no conoce varón" (cf. Lc 1, 34). Como Madre-Virgen, María se convierte enMadre del amor hermoso. Esta verdad está ya revelada en las palabras del arcángel Gabriel, pero su pleno significado será confirmado y profundizado a medida que María siga al Hijo en la peregrinación de la fe 48.

La "Madre del amor hermoso" fue acogida por aquel que, según la tradición de Israel, ya era su esposo terrenal, José, de la estirpe de David. Él habría tenido derecho a considerar a la novia como su mujer y madre de sus hijos. Sin embargo, Dios interviene en esta alianza esponsal con su iniciativa: "José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo" (Mt 1, 20). José es consciente, ve con sus propios ojos que en María se ha concebido una nueva vida que no proviene de él y por tanto, como hombre justo, observante de la ley antigua, que en su caso imponía la obligación de divorcio, quiere disolver de manera caritativa su matrimonio (cf. Mt 1, 19). El ángel del Señor le hace saber que esto no estaría de acuerdo con su vocación, más aún, que sería contrario al amor esponsal que lo une a María. Este amor esponsal recíproco, para que sea plenamente el "amor hermoso", exige que José acoja a María y a su Hijo bajo el techo de su casa, en Nazaret. José obedece el mensaje divino y actúa según lo que le ha sido mandado (cf. Mt 1, 24). También gracias a José el misterio de la Encarnación y, junto con él, el misterio de la Sagrada Familia, se inscribe profundamente en el amor esponsal del hombre y de la mujer e indirectamente en la genealogía de cada familia humana. Lo que Pablo llamará el "gran misterio" encuentra en la Sagrada Familia su expresión más alta. La familia se sitúa así verdaderamente en el centro de la nueva alianza.

Se puede decir también que la historia del "amor hermoso" comenzó, en cierto modo, con la primera pareja humana, Adán y Eva. La tentación en la que cayeron y el consiguiente pecado original no los privó completamente de la capacidad del "amor hermoso". Esto se comprende leyendo, por ejemplo, en el libro de Tobías, que los esposos Tobías y Sara, al explicar el significado de su unión, se refieren a los primeros padres Adán y Eva (cf. Tb 8, 6). En la nueva alianza, lo atestigua también san Pablo hablando de Cristo como nuevo Adán (cf. 1 Co 15, 45): Cristo no viene a condenar al primer Adán y a la primera Eva, sino a redimirlos; viene a renovar lo que es don de Dios en el hombre, cuanto hay en él de eternamente bueno y bello, y que constituye el substrato del amor hermoso. La historia del "amor hermoso" es, en cierto sentido, la historia de la salvación del hombre.

El "amor hermoso" comienza siempre con la automanifestación de la persona. En la creación Eva se manifiesta a Adán; a lo largo de la historia las esposas se manifiestan a sus esposos, las nuevas parejas humanas se dicen recíprocamente: "Caminaremos juntos en la vida". Así comienza la familia como unión de los dos y, en virtud del sacramento, como nueva comunidad en Cristo. El amor, para que sea realmente hermoso, debe ser don de Dios, derramado por el Espíritu Santo en los corazones humanos y alimentado continuamente en ellos (cf. Rm 5, 5). Bien consciente de esto, la Iglesia pide en el sacramento del matrimonio al Espíritu Santo que visite los corazones humanos. Para que el "amor hermoso" sea verdaderamente así, es decir, don de la persona a la persona, debe provenir de Aquél que es Don y fuente de todo don.

Así sucede en el evangelio respecto a María y José, los cuales, en el umbral de la nueva alianza, viven la experiencia del "amor hermoso" descrito en el Cantar de los cantares. José piensa y dice de María: "Hermana mía, novia" (Ct 4, 9). María, Madre de Dios, concibe por obra del Espíritu Santo, del cual proviene el "amor hermoso", que el evangelio sitúa delicadamente en el contexto del "gran misterio".

Cuando hablamos del "amor hermoso", hablamos, por tanto, de labelleza: belleza del amor y belleza del ser humano que, gracias al Espíritu Santo, es capaz de este amor. Hablamos de la belleza del hombre y de la mujer: de su belleza como hermanos y hermanas, como novios, como esposos. El evangelio ilumina no sólo el misterio del "amor hermoso", sino también el no menos profundo de la belleza, que procede de Dios como el amor. El hombre y la mujer, personas llamadas a ser un don recíproco, provienen de Dios. Del don originario del Espíritu Santo, "que da la vida", brota el don mutuo de ser marido o mujer, así como el don de ser hermano o hermana.

Todo esto se verifica en el misterio de la Encarnación, que ha llegado a ser, en la historia de los hombres, fuente de una belleza nueva que ha inspirado innumerables obras maestras de arte. Después de la severa prohibición de representar al Dios invisible con imágenes (cf. Dt 4, 15-20), la época cristiana, por el contrario, ha ofrecido la representación artística de Dios hecho hombre, de su madre María y de José, de los santos de la antigua y la nueva alianza, y, en general, de toda la creación redimida por Cristo, inaugurando de este modo una nueva relación con el mundo de la cultura y del arte. Se podría decir que el nuevo canon del arte, atento a la dimensión profunda del hombre y de su futuro, arranca del misterio de la encarnación de Cristo, inspirándose en los misterios de su vida: el nacimiento en Belén, la vida oculta en Nazaret, la misión pública, el Calvario, la resurrección y su ascensión a los cielos. La Iglesia es consciente de que su presencia en el mundo contemporáneo y, en particular, su aportación y apoyo a la valoración de la dignidad del matrimonio y de la familia, están unidos profundamente al desarrollo de la cultura; de ello se preocupa con razón.

Precisamente por esto la Iglesia sigue con solícita atención las orientaciones de los medios de comunicación social, cuya misión es formar, además de informar, al gran público49. Conociendo bien la amplia y profunda incidencia de tales medios, la Iglesia no se cansa de poner en guardia a los operadores de la comunicación de los peligros de manipulación de la verdad. En efecto, ¿qué verdad puede haber en las películas, en los espectáculos, en los programas radiotelevisivos en los que dominan la pornografía y la violencia? ¿Es éste un buen servicio a la verdad sobre el hombre? Son interrogantes que no pueden eludir los operadores de esos instrumentos y los diversos responsables de la elaboración y comercialización de sus productos.

Gracias a esta reflexión crítica, nuestra civilización, aun teniendo tantos aspectos positivos a nivel material y cultural, debería darse cuenta de que, desde diversos puntos de vista, es una civilización enferma, que produce profundas alteraciones en el hombre. ¿Por qué sucede esto? La razón está en el hecho de que nuestra sociedad se ha alejado de la plena verdad sobre el hombre, de la verdad sobre lo que el hombre y la mujer son como personas. Por consiguiente, no sabe comprender adecuadamente lo que son verdaderamente la entrega de las personas en el matrimonio, el amor responsable al servicio de la paternidad y la maternidad, la auténtica grandeza de la generación y la educación. Entonces, ¿es exagerado afirmar que los medios de comunicación social, si no están orientados según sanos principios éticos, no sirven a la verdad en su dimensión esencial? Éste es, pues, el drama: los instrumentos modernos de comunicación social están sujetos a la tentación de manipular el mensaje, falseando la verdad sobre el hombre. El ser humano no es el que presenta la publicidad y los medios modernos de comunicación social. Es mucho más, como unidad psicofísica, como unidad de alma y cuerpo, como persona. Es mucho más por su vocación al amor, que lo introduce como varón y mujer en la dimensión del "gran misterio".

María entró la primera en esta dimensión, e introdujo también a su esposo José. Ellos se convirtieron así en los primeros modelos de aquel amor hermoso que la Iglesia no cesa de implorar para la juventud, para los esposos y las familias. ¡Y cuántos de ellos se unen con fervor a esta oración¡ ¿Cómo no pensar en la multitud de peregrinos, ancianos y jóvenes, que acuden a los santuarios marianos y fijan la mirada en el rostro de la Madre de Dios, en el rostro de la Sagrada Familia, en los cuales se refleja toda la belleza del amor dado por Dios al hombre?

En el Sermón de la montaña, refiriéndose al sexto mandamiento, Cristo proclama: "Habéis oído que sedijo: No cometerás adulterio. Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer, deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón" (Mt 5, 27-28). Con relación al Decálogo, que tiende a defender la tradicional solidez del matrimonio y de la familia, estas palabras muestran un gran progreso. Jesús va al origen del pecado de adulterio, el cual está en la intimidad del hombre y se manifiesta en un modo de mirar y pensar que está dominado por la concupiscencia. Mediante ésta el hombre tiende a apoderarse de otro ser humano, que no es suyo, sino que pertenece a Dios. A la vez que se dirige a sus contemporáneos, Cristo habla a los hombres de todos los tiempos y de todas las generaciones; en particular, habla a nuestra generación, que vive bajo el signo de una civilización consumista y hedonista.

¿Por qué Cristo, en el Sermón de la montaña, habla de manera tan fuerte y exigente? La respuesta es muy clara: Cristo quiere garantizar la santidad del matrimonio y de la familia, quiere defender la plena verdad sobre la persona humana y su dignidad.

Es solamente a la luz de esta verdad como la familia puede llegar a ser verdaderamente la gran "revelación", el primer descubrimiento del otro: el descubrimiento recíproco de los esposos y, después, de cada hijo o hija que nace de ellos. Lo que los esposos se prometen recíprocamente, es decir, ser "siempre fieles en las alegrías y en las penas, y amarse y respetarse todos los días de la vida", sólo es posible en la dimensión del "amor hermoso". El hombre de hoy no puede aprender esto de los contenidos de la moderna cultura de masas. El "amor hermoso" se aprende sobre todo rezando. En efecto, la oración comporta siempre, para usar una expresión de san Pablo, una especie de escondimiento con Cristo en Dios: "vuestra vida está oculta con Cristo en Dios" (Col 3, 3). Sólo en semejante escondimiento actúa el Espíritu Santo, fuente del "amor hermoso". Él derrama ese amor no sólo en el corazón de María y de José, sino también en el corazón de los esposos, dispuestos a escuchar la palabra de Dios y a custodiarla (cf. Lc 8, 15). El futuro de cada núcleo familiar depende de este "amor hermoso": amor recíproco de los esposos, de los padres y de los hijos, amor de todas las generaciones. El amor es la verdadera fuente de unidad y fuerza de la familia.

El nacimiento y el peligro

21. La breve narración de la infancia de Jesús nos refiere casi simultáneamente, de manera muy significativa, el nacimiento y el peligro que hubo de afrontar enseguida. Lucas relata las palabras proféticas pronunciadas por el anciano Simeón cuando el Niño fue presentado al Señor en el templo, cuarenta días después de su nacimiento. Simeón habla de "luz" y de "signo de contradicción"; después predice a María: "A ti misma una espada te atravesará el alma" (cf. Lc 2, 32-35). Sin embargo, Mateo se refiere a las asechanzas tramadas contra Jesús por Herodes: informado por los Magos, que habían ido de Oriente para ver al nuevo rey que debía nacer (cf. Mt 2, 2), se siente amenazado en su poder y, después de marchar ellos, ordena matar a todos los niños menores de dos años de Belén y alrededores. Jesús escapa de las manos de Herodes gracias a una particular intervención divina y a la solicitud paterna de José, que lo lleva junto con su Madre a Egipto, donde se quedarán hasta la muerte de Herodes. Después regresan a Nazaret, su ciudad natal, donde la Sagrada Familia inicia el largo período de una existencia escondida, que se desarrolla en el cumplimiento fiel y generoso de los deberes cotidianos (cf. Mt 2, 1-23; Lc 2, 39-52).

Reviste una elocuencia profética el hecho de que Jesús, desde su nacimiento, se encontrara ante amenazas y peligros. Ya desde niño es "signo de contradicción". Elocuencia profética presenta, además, el drama de los niños inocentes de Belén, matados por orden de Herodes y, según la antigua liturgia de la Iglesia, partícipes del nacimiento y de la pasión redentora de Cristo"50. Mediante su "pasión", completan "lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia" (Col 1, 24).

En los evangelios de la infancia, el anuncio de la vida, que se hace de modo admirable con el nacimiento del Redentor, se contrapone fuertemente a la amenaza a la vida, una vida que abarca enteramente el misterio de la Encarnación y de la realidad divino-humana de Cristo. El Verbo se hizo carne (cf. Jn 1, 14), Dios se hizo hombre. A este sublime misterio se referían frecuentemente los Padres de la Iglesia: "Dios se hizo hombre, para que el hombre, en él y por medio de él, llegara a ser Dios"51. Esta verdad de la fe es a la vez la verdad sobre el ser humano. Muestra la gravedad de todo atentado contra la vida del niño en el seno de la madre. Aquí, precisamente aquí, nos encontramos en las antípodas del "amor hermoso". Pensando exclusivamente en la satisfacción, se puede llegar incluso a matar el amor, matando su fruto. Para la cultura de la satisfacción el "fruto bendito de tu seno" (Lc 1, 42) llega a ser, en cierto modo, un "fruto maldito".

¿Cómo no recordar, a este respecto, las desviaciones que el llamado estado de derecho ha sufrido en numerosos países? Unívoca y categórica es la ley de Dios respecto a la vida humana. Dios manda: "No matarás" (Ex 20, 13). Por tanto, ningún legislador humano puede afirmar: te es lícito matar, tienes derecho a matar, deberías matar. Desgraciadamente, esto ha sucedido en la historia de nuestro siglo, cuando han llegado al poder, de manera incluso democrática, fuerzas políticas que han emanado leyes contrarias al derecho de todo hombre a la vida, en nombre de presuntas y aberrantes razones eugenésicas, étnicas o parecidas. Un fenómeno no menos grave, incluso porque consigue vasta conformidad o consentimiento de opinión pública, es el de las legislaciones que no respetan el derecho a la vida desde su concepción. ¿Cómo se podrían aceptar moralmente unas leyes que permiten matar al ser humano aún no nacido, pero que ya vive en el seno materno? El derecho a la vida se convierte, de esta manera, en decisión exclusiva de los adultos, que se aprovechan de los mismos parlamentos para realizar los propios proyectos y buscar sus propios intereses.

Nos encontramos ante una enorme amenaza contra la vida: no sólo la de cada individuo, sino también la de toda la civilización. La afirmación de que esta civilización se ha convertido, bajo algunos aspectos, en "civilización de la muerte" recibe una preocupante confirmación. ¿No es quizás un acontecimiento profético el hecho de que el nacimiento de Cristo haya estado acompañado del peligro por su existencia? Sí, también la vida de Aquel que al mismo tiempo es Hijo del hombre e Hijo de Dios estuvo amenazada, estuvo en peligro desde el principio, y sólo de milagro evitó la muerte.

Sin embargo, en los últimos decenios se notan algunos síntomas confortadores de un despertar de las conciencias, que afecta tanto al mundo del pensamiento como a la misma opinión pública. Crece, especialmente entre los jóvenes, una nueva conciencia de respeto a la vida desde su concepción; se difunden los movimientos Pro vida. Es un signo de esperanza para el futuro de la familia y de toda la humanidad.

"… me habéis recibido

Acerca de FranceSalcido

Soy una mujer muy feliz, tengo a dios en primer lugar en mi vida, casada con un maravilloso hombre. tengo 2 hermosos hijos.
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